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Por
Gabriela Pousa
Apenas
una semana atrás, una suerte de hartazgo sofocaba
a los argentinos,impidiendo creer que, al menos un milagro
fuese posible en un país diezmado. Algunas voces
acunaban vagas esperanzas pero no estaba claro si se
trataba de deseos o de pálpitos. Luego sobrevino
la algarabía. Un número impreciso de ciudadanos
relegaron, aunque sea por un rato, sus apetencias personales
en pro de un objetivo común: un cambio. Se sabe
que las estadísticas perdieron ya el prestigio
de antaño, de manera tal que no es fácil
establecer cuantos argentinos rodearon el Monumento
de los Españoles
consustanciados con el campo, y cuántos estaban
allí bregando simplemente para que se los considere
humanos, cansados de vivir en el hastío, como
rebaño.
En
lo cotidiano, uno está dispuesto a aceptar versiones
inexactas de ciertos acontecimientos. Un ejemplo banal:
se puede hacer caso omiso al empleado que se excusa
aduciendo que lo ha demorado el tránsito cuando,
en verdad, Morfeo esa mañana no quiso que se
lo abandone temprano. Pero de ahí a que todos
los días, sin excepción, uno soporte leer
y escuchar índices fantásticos, y le griten
que hay menos pobres, que los precios están bajando,
y que aunque creamos vivir en Argentina, en la realidad
(oficial) vivimos en Suiza, hay una diferencia más
que intrínseca.
Ya
intentaron hacernos creer que la inseguridad era una
sensación y la inflación “una construcción
mediática”. Nos vendieron discursos que,
contrastados con lo cotidiano se vaciaron de coherencia
y datos. Ante los problemas no se buscaron soluciones,
se los ha dilatado con contraataques y
denuncias de complot y conspiraciones. De allí
que, terminado el proceso parlamentario, y tras un inexplicable
silencio de radio, la Presidente convocara a los legisladores
del FpV que apoyaron, por convicción o por obediencia
debida, su iniciativa pero no para evaluar errores sino
para
realinearlos. ¿Reflexionaron? No. Atacaron ferozmente
a quienes votaron diferente, y salieron a decir que
el tema está terminado, aclarando que de ninguna
manera han sido derrotados.
Nadie pretendía, sin embargo, ponerse el mote
de triunfadores, razón por la cuál, la
aclaración suena a fracaso autoproclamado, y
saca a relucir la debilidad extrema de la jefe de Estado.
No en vano las calles de Buenos Aires se empapelaron
raudamente con carteles que rezan: “Ahora más
que
nunca, Fuerza Cristina” ¿Por qué
“ahora más que nunca” si, desde el
oficialismo, niegan un traspié y hablan de traiciones,
en vez de ejercicio democrático?
Asimismo,
que se festeje que, la Cámara Alta, obró
sorteando amenazas y aprietes del Ejecutivo, no hace
más que ratificar que la independencia de poderes
es un mito. Más que celebrar habría que
analizar cómo fue que nos anestesiaron tantos
años. Argentina nunca fue un paraíso.
Hubo y hay
blancos, grises y negros en todos los paisajes recorridos.
Los argentinos podemos asumir el error de un gobierno,
hay cierta costumbre y entrenamiento en ello. ¿Qué
necesidad tienen de vender fortaleza cuando no la hay,
en vez de convocar al grueso de las fuerzas políticas
para aunar criterios en pro
de una mejor gobernabilidad? La metodología del
kirchnerismo es intrincada en demasía. Ha habido
tantas trampas, y se han guardado tantos ases en la
manga que enseñaron a desconfiar de todo cuanto
dicen, y también de todo cuánto callan…
¿Por
qué habría que creer que ahora lanzarán
una gestión renovada? ¿De qué puede
servir un cambio de gabinete, si es que lo hubiera,
cuando las decisiones sólo pasan por una mente
maniquea? Los ministros ni siquiera fueron funcionales
a la Presidente, ¿o acaso hicieron algo que no
fuera
ejecutar órdenes del jefe de siempre? Hay que
diferenciar cirugía de cosmética.
Es
lícito disfrutar que el soborno y la corrupción
hayan fallado pero, sobre un solo caso, no se puede
erigir todo lo que implica un verdadero cambio, y menos
aún cuando los actores no se han renovado, y
es el mismo director quien sigue dirigiendo el teatro.
La única transformación palpable está
del
otro lado: en los ciudadanos que decidieron no aceptar
que le sigan vendiendo siempre idéntico espectáculo.
Más que centrar la vista en la puesta en escena,
que se hará de ahora en más en Balcarce
50, conviene observar que la actitud cívica de
las últimas semanas, no sea furtiva ni se
haya apagado. El cambio social será más
fructífero que el cambio político si consideramos
quienes habitan en la residencia de Olivos.
La
necesidad de liderazgos sanos, de marcos de referencia,
y también de pertenencia, nos ha llevado muchas
veces, a endiosar protagonistas efímeros. Después,
ni el recuerdo los abriga porque “la memoria es
porosa para el olvido” como decía Borges,
o porque no eran dioses sino humanos y se confundieron,
la erraron como sucediera con Juan Carlos Blumberg por
mencionar un caso. Ejemplos como estos deberían
servir para que no sufra igual suerte, el vicepresidente
Julio César Cobos. Su voto despertó fervor
y merecidos aplausos. Más allá de la motivación,
fue quién dio a los argentinos un soplo de aire
fresco cuando comenzaba a faltar oxígeno y, en
penumbras, casi no nos reconocíamos. Pero dejemos
a la historia que lo defina con el adjetivo más
preciso.
No
es justo depositar en él, las esperanzas de todos,
ni mucho menos situarlo en un pedestal donde estuvieron
otros a quienes se ha derribado antes de que cante el
gallo. ¿Para qué aventurarnos si hemos
sufrido ya tantos desencantos? Dejemos que el tiempo
decante y apostemos, más que a
héroes repentinos, a las energías propulsoras
de aquellos que, venciendo miedos y egoísmos,
se movilizaron sin flaquear por un país distinto.
Ahora bien, es insólito que más de cien
días de crisis pretendan resolverse con un oscuro
decreto (ver, si no, la<http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=7662>
opinión de Gregorio Badeni al respecto). El “dar
vuelta la hoja” que proclama el oficialismo huele
más a estrategia para ocultar culpa e ineficiencia,
que a toma de conciencia. Esperar que los Kirchner cambien
frente a lo que ellos
consideran apenas un percance generado por deslealtades,
y no un error basado en la ceguera, el capricho y la
soberbia, es tan ingenuo como peligroso. No puedo compartir
el optimismo desmedido de muchos. Si nos quedamos en
la algarabía del primer paso, nos olvidamos que
hay que seguir
caminando.
Cinco
años alcanzan para tener una certera idea de
quiénes, cómo y de quéforma están
gobernando. Si algo hay que reconocer al matrimonio
presidencial es la coherencia en sus modos y maneras.
El “estilo K” ha grabado a fuego todos y
cada uno de sus actos. Tanto la confrontación,
la provocación, la
conversión de adversarios en enemigos, como la
concentración de poder, la soberbia y el revanchismo
han estado presentes desde el mismísimo 25 de
mayode 2003. No entremos a analizar la gestión
de Kirchner como gobernador en elsur porque sería
un golpe duro a la esperanza que recientemente
conquistamos, aun cuando nada extraordinario haya pasado.
Y es que sianalizamos fríamente, sólo
pasó lo que pasa en una real democracia: funcionóel
Senado.
Qué
la normalidad genere asombro no es buen dato... Pero
claro, habrá quever si hemos estado viviendo
en un país realmente democrático o se
nos haestado engañado.
Rumores de futuros anuncios, medidas y reciclados hay
demasiados. Convieneesperar a aventurarnos en vano.
Imaginarse a Néstor Kirchner alejado de latoma
de decisiones es complicado por no decir que es un anatema
que asísuceda; al respecto, la fábula
de la rana y el escorpión algo ha enseñado.
Una cosa es quedarse tras bambalinas un tiempo para
menguar el efecto y otraes dar libertad de acción
a quién, él, erigió Presidente
de la Nación: suesposa.
Parafraseando
a André Gide podríamos pedir que el cambio
avizorado esté en la pupila más que en
el objeto contemplado, porque sólo la sociedad
puedelograr la profundización de un gesto que
renovó cierto aire viciado. Esperar que el olmo
dé peras es desdeñar este instante en
que la gota cae en el río
de Heráclito.
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