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Por Gabriela Pousa
Es
asombroso cómo en la Argentina los acontecimientos
más insólitos pasan como si fueran meras
anécdotas o capítulos de alguna telecomedia.
Después de 100 días de una crisis sin
igual, o tal vez de esperar una crisis sin igual, protagonistas
y espectadores se vuelven a reacomodar. Ciertamente,
han cambiado muchas posiciones, se ha perdido el orden
original, y en los próximos días presenciaremos
una suerte de juego de la silla donde cualquiera puede
terminar ocupando un sitio efímero o circunstancial.
En la cuenta
regresiva, la ausencia más notable es la de la
razón. De pronto, las ideologías se guardan
en los cajones y el miedo al escrache juega un rol decisivo
en la definición. ¿Cuántos legisladores
están haciendo un severo análisis de conciencia
o están llamados a la reflexión en momentos
cruciales para la Nación? A juzgar por las imágenes
de la televisión, el Congreso es un avispero
donde se tejen números, sumas y restas más
que argumentos o severos estudios de situación.
La política se reduce, de pronto, a una ecuación
aritmética. ¿Le alcanzan los votos a los
Kirchner o no?, es la pregunta del millón. La
sociedad quiere saberlo, la misma sociedad que antes
de estos 100 días no tenía ni una mínima
noción de las retenciones y su existencia. De
allí que creer que en esa discusión se
agota el tema es el verdadero problema.
Ahora bien,
¿para qué deberían alcanzarle las
voluntades parlamentarias al matrimonio presidencial?
La respuesta sin anestesia es para ganar una batalla
convertida en guerra. El adversario sigue de pie aunque
no esté parado en el medio de las rutas. Molesta
a Néstor Kirchner no haber logrado aún
ponerlos de rodillas. Las consecuencias de buscar ese
fin a través de uno de los poderes de la república
son peligrosas. La calidad institucional del país
no puede siquiera medirse en una escala lógica.
La suma del poder, la concentración del mando
y el temor disipado entre los diferentes estratos de
funcionarios ha cercenado las bases de un poder democrático
y republicano. La única ventaja que se yergue
sobre la Argentina es que no hay miras de un golpe de
Estado, nada más impensado, pero eso no implica
que pueda jugarse con los conflictos ni jaquear las
instituciones como si éstas fueran cuarteles
que aglutinan hombres obligados a cumplir órdenes.
Hoy por hoy,
en el país, pensar diferentes al oficialismo
es un riesgo pero es al mismo tiempo un mérito.
Extraña manera de honrar al pensamiento…
Los trofeos para los legisladores se alzan a la espera
de esas disidencias. Es como si no se esperase un debate
de ideas sino una defensa del disenso, como si las retenciones
móviles fuesen tan sólo una excusa de
lo que en verdad se juega esta semana en el Parlamento.
En el fondo estamos discutiendo un modelo de gobierno
y eso es lo que molesta en Balcarce 50. Muévase
o no el porcentaje de aquellas, lo que se está
observando con sigilo desde la Casa de Gobierno y también
desde afuera es la actitud de quienes vayan a sentarse
en las bancas esta semana. Discutir ahora si están
allí por listas sábanas o por deseo popular
manifiesto, tras conocer algo más que los datos
filiatorios, es abrir otra grieta en un camino donde
ya hay demasiados agujeros. La reforma política
es una falacia que han utilizado tantos gobiernos que
pretender ahora sacarla del ropero es casi risueño.
¿Cuántas portadas como estas hemos leído
ya los argentinos? Pasó 1996 sin pena ni gloria,
pasó también el 2003 y la inseguridad,
detrás de la problemática del campo, sigue
causando estragos. Paradójicamente o no, el PJ
dividido, vaciado o viciado sigue dominando el escenario.
Y finalmente, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde
siguen pulseando sin que nadie sepa demasiado a qué
están jugando. La saturación llegó
a las calles pero llegó sonando como cacerolazos.
Es triste
creer que nada ha cambiado demasiado, pero siempre,
la Argentina, tiene una oportunidad más, parece
que esta fuera una tierra donde constantemente se abre
espacio para otra chance. Ni el hartazgo ni la apatía
son ultimátum, puede volverse al llano. No importan
los grandes titulares, ni las promesas cuando las palabras
no valen nada. Si se hubiese gravado la sarta de insensateces
que hemos oído en los pasados 100 días,
las retenciones no tendrían ni que ser discutidas,
podríamos abolirlas. Sobrarían fondos
para las obras y sus coimas, para las banelcos que sacan
leyes, y hasta para hospitales y escuelas aunque después
estos no tengan insumos, y los estudiantes se dediquen
a cortar calles porque no les gusta el color de pelo
que tiene un maestro o los hayan reprobado.
Y
es que el problema de la Argentina va mucho más
allá del campo y sus impuestos. Si queremos seguir
creyendo que ese es el leitmotiv de todo lo que pasa,
y sancionada con o sin reforma la iniciativa en juego,
aquí no ha pasado nada… después
no nos quejemos. Sigamos viviendo a través de
las portadas.
La punta del iceberg generalmente no daña, lo
que hunde y genera catástrofe es lo que está
sumergido, aquello que esta esconde o tapa…
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